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Para iniciar el trabajo de escritura de Los lentos pasos que nos han traído hasta aquí necesitaba un punto de partida y otro de llegada. No me gusta lanzarme a escribir sin saber desde dónde parto y hasta dónde debo llegar.

Una vez claros estos dos polos de la futura novela, que abarcan (sobre todo el primero) un recuento de los personajes principales y un perfil mínimo de cada uno de ellos, huyo de cualquier otro corsé que me impida construir el relato con libertad. Necesito expresarme a campo abierto. Prefiero que todo en la novela vaya creciendo a su aire, tomando con albedrío (pero sin rebeldía) caminos inesperados.

Este método de escritura, si es que puede calificarse como tal, contribuye a que el proceso de creación sea imprevisible y emocionante. A veces llego a sorprenderme de los vericuetos por los que va fluyendo la obra, como si fuera agua que busca e invade cada canal de escape que a su paso encuentra; por pequeño que sea. Me seduce pensar que este especial fluir se traduce en frescura a la hora de contar, y hasta tal punto considero que es así, que en ocasiones tengo la sensación de que no soy yo quien ha escrito este o aquel pasaje; quien ha ideado esa otra peripecia que cambia por completo el rumbo de la trama. Sin embargo, el hecho de facultarme esta libertad exige forzosamente una profunda fase de corrección. Una especial concentración a la hora de depurar el texto. De tomar las decisiones de lo que sirve y de lo que no sirve. De cambiar incluso capítulos enteros que en principio nos parecían un gran descubrimiento, pero que, calibrados con los pies bien plantados en el suelo, sólo entorpecen el devenir armónico de lo que se quiere comunicar. La claridad y la concreción.

Y a todo esto, necesito escribir con una intensa disciplina, dos folios cada día (en ocasiones más, nunca menos), con el compromiso firme de no concederme jornadas sabáticas mientras dure la producción. Siempre al ordenador (ahora, por comodidad, utilizo un Netbook, antes una Olivetti Lettera 32 y mucho antes un bolígrafo, una pluma estilográfica) y en lugares e instantes que por el momento es el azar quien elige por mí.

Juan Marchán es escritor, autor de Los lentos pasos que nos han traído hasta aquí (EugenioCanoEditor).

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