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El escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa, presidente de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, recibe esta tarde, en el Stockholms Konserthus, el Premio Nobel de Literatura 2010.

En su discurso de recepción, pronunciado ante la Academia Sueca el pasado martes y titulado Elogio de la lectura y la ficción, Vargas Llosa rindió homenaje a su madre y a sus maestros, entre quienes citó a Flaubert, Faulkner, Cervantes, Dickens, Tolstoi o Thomas Mann. El argumento del jurado para conceder el Nobel al autor de La orgía perpetua se centra en “su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”. Nacido en Arequipa (Perú) en 1936 y nacionalizado español en 1993, Vargas Llosa es uno de los grandes innovadores contemporáneos de la novela realista.

El nuevo Nobel de Literatura ha cultivado todo tipo de géneros literarios, y entre sus obras más conocidas se encuentran La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1965), Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977). Su última novela, El sueño del celta, acaba de ser publicada por la editorial Alfaguara.

A lo largo de su carrera, la obra de Mario Vargas Llosa ha sido reconocida con numerosos galardones, entre los que destacan el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1986), el Premio Cervantes (1994) y el Premio Nacional de Novela del Perú (1967). Cuenta con varios doctorados honoris causa por universidades de Europa, América y Asia, y es miembro de la Real Academia Española desde 1994 y de la Academia Peruana de la Lengua desde 1977.

(Discurso de recepción del Premio Nobel en la web oficial: texto en varios idiomas y formato audiovisual.)

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Comentarios

3 comentarios

  1. José Miguel Pueyo, psicoanalista on diciembre 12, 2010 20:43

    Todo invita a convenir que venía a cuento, al menos desde el punto de mira de lo inconsciente, del Otro que nos habita y que determina cuanto pensamos, hacemos y deseamos, tanto más si uno no se ha analizado, que Mario Vargas Llosa le espetara a Liv Ullmann que su experiencia con ella en un jurado de cine de Berlín fue sencillamente aterradora.

    Los boletines se hacen eco de que ocurrió así en el conocido programa de la televisión estatal sueca Skavlan, nombre del apellido de su popular presentador, Fredrik Skavlan. Los transparentes ojos azules de la musa del malogrado director sueco Ingmar Bergman produjeron la inquietante impresión de salirse de unas fosas ya cuarteadas por la edad, a lo que la momentánea rigidez de un cuerpo voluminoso y contrario a las sinuosas formas de la juventud no contribuyó a distender los efectos del sin duda atrevido comentario. No podía ser de otro modo; en realidad, en primer lugar en aquella dama de 72 años, mayor en dos que el osado contertulio, cuando el hispano escribidor apuntó, con voz profunda y clara, que siendo la actriz presidenta de aquel jurado, impuso reglas tan rígidas para evaluar los filmes, que por un tiempo desapareció para él el encanto de las películas, tanto como para pasar a ocuparse únicamente de la luz, de los efectos especiales, del sonido y de la vestimenta.

    Lo que a todas luces puede considerarse como un descomedimiento tuvo como desencadenante una pregunta de Skavlan al escritor que estaba a pocas horas de recibir el premio Nobel de Literatura: ¿por qué escribe usted acerca de las dictaduras? Permítame que le diga, sentenció Vargas Llosa, que la dictadura de Ullmann en aquel jurado berlinés fue llevadera, pero otras dictaduras me han perturbado siempre, a lo que agregó que por ese motivo escribía de ellas.

    Algo, pues, había perturbado la tranquilidad espiritual del renombrado escritor, un trauma, por consiguiente, funda-mental. ¿Inconfesable? En modo alguno. Nos encontramos ante un escritor, no de los pequeños; ante esa especie de hombres que, a diferencia del común de los mortales, se caracterizan, como acertadamente advirtió Freud, por decir las cosas por su nombre, a alzarse, también, contra los diques de la represión psíquica que atenazan el decir de la mayoría de las personas. De ahí, cómo no, la aparición en escena, de modo simbólico y sintomático al mismo tiempo, del padre, del genitor del más conocido de los escritores de Arequipa. Dijo Vargas Llosa, y con ello recondujo sin duda la amistad con Liv Ullmann, que conoció a su padre cuando creía que estaba muerto. Y sin mediar lapsus alguno de tiempo añadió, ante la expresión atónita de quienes esperan un singular desenlace de una ficción verdadera, que su padre le había producido una experiencia realmente aterradora, incomparablemente peor a la que vivió en Berlín por parte de su amigable actriz. ¿Qué podía ser aquello tan terrible? Algunos quizá se llevaron las manos a la cabeza al imaginar que se trataba de las atrocidades sexuales perpetradas por curas católicos en niños indefensos de corta edad. No, nada de eso. Para asombro o desazón de algunos y alivio de otros, Vargas Llosa sacó a relucir a su madre, a su amantísima madre, y el dolor que le causó su padre al sacarle del paraíso en el que vivió diez años con la que le había dado a la luz.

    Como corresponde a la insistencia del Otro, insistencia que no es sino por la ausencia de análisis, el trauma de Mario Vargas Llosa no podía sino reiterarse en el discurso del escritor de aceptación del Nobel de Literatura, reiteración de aquel trauma infantil, de aquella terrorífica experiencia que le condujo, según él mismo subrayó, a la literatura, siendo este arte el que, también según él, le salvó de la opresión que significó la figura del padre.

    Me permito concluir señalando que la reiteración denuncia a las claras, y contrariamente a la opinión del ahora más que nunca célebre escritor peruano, que la literatura es en muchos casos más bien un paliativo que una solución acorde con lo Real traumático, incluso el sinthome de James Joyce puede pensarse de ese modo; mientras que la separación que ejerce el padre en el alienante paraíso del niño como objeto de la falta que hace deseante al Otro que encarna la madre, lejos de ser patológica, constituye, como es conocido, la condición de la salud psíquica. Todo ello, acontecido, ciertamente, en un tiempo que es el temprano del complejo de Edipo, época en la que la función llamada del padre reclama para bien del sujeto su saludable intervención separadora.

    José Miguel Pueyo, psicoanalista

  2. school grants on diciembre 17, 2010 22:28

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    Presidente de Chile condecora a Mario Vargas Llosa…

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