En 1964 Luis Harss emprendió un viaje por Francia e Italia, en Europa, y por todo el continente americano con el fin de trazar el retrato literario y psicológico de quienes consideraba los autores latinoamericanos más representativos del momento: Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, João Guimarães Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Sin proponérselo ni adivinar lo atinado de su predicción, Harss creó el canon y la carta de navegación de un fenómeno aún incipiente que más tarde se conocería como “el boom de la narrativa latinoamericana”.

Alfaguara publica ahora el resultado de aquella investigación, Los nuestros, la foto fija que anticipó un fenómeno literario sin precedentes en nuestra lengua.

El chileno criado en la Argentina y en los Estados Unidos Luis Harss (1936), autor de varias novelas y ensayos en español y en inglés, considera que lo que hacía tan interesantes a los autores del boom era la libertad interior con que manejaban las palabras para decir las cosas. Ese es, según el autor, “el tema constante de Los nuestros: la realidad pensada y hablada de otro modo. Hacía falta en nuestra sociedad encorsetada: repensar y reinventar todo”.

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Comentarios

4 comentarios

  1. Jorge de León on octubre 23, 2012 19:14

    Esta obra de Luis Harss es excelente. La leímos hace muchos años. Es amena y entretenida, y ayuda a conocer mejor y a interpretar a los autores de que se ocupa. Cuando se escribió, García Márquez todavía no había publicado Cien años de soledad, pero le habló al autor de esta obra que aún no había terminado. En cuanto a Asturias, mi compatriota, Harss se enteró de su Nobel cuando ya tenía terminada la obra, y le pareció que en Asturias se premiaba prematuramente la novela latinoamericana. Es curiosa la forma en que Harss fue recibido por Juan Carlos Onetti; por otras fuentes nos enteramos de que ponía rótulos en la puerta de su casa donde decía: “Si es Harss, no estoy”.
    Me alegra mucho que Alfaguara reedite Los nuestros.

  2. Cristina on octubre 25, 2012 23:04

    Muy interesante.

  3. Martha Alicia Lombardelli on octubre 29, 2012 20:43

    Lo que Harss explicó como la causa del boom tuvo serias negaciones de los mismos escritores que él nombra. El boom lo inventó Harss. Leí la 1.ª edición en Argentina en 1966, y lo debatimos entre todos los estudiantes o recién recibidos. Valía la pena leerlo.

  4. rolando denver on enero 3, 2013 15:25

    El boom según Harss. La explosiva sonrisa de los escaparates

    ¿Los nuestros o los de Harss?
    El boom de la literatura latinoamericana de los años sesenta conmemoró recientemente 50 años de su lanzamiento, comenzó en París y nació de una sugerencia del escritor argentino Julio Cortázar al cronista chileno Luis Harss. Nadie sabe aún quién inventó la palabra boom, que fue un éxito y tuvo un auge repentino, como su significado en lengua inglesa. ¿Pobreza de la lengua o de la imaginación? ¿O efectividad del idioma inglés?

    El de la foto, que lee distraídamente, es Luis Harss, quien seleccionó a su gusto al selecto grupo miembro del futuro boom. Cuando comencé a leer a estos escritores a mediados de los sesenta, en pleno auge del boom, perdonen la redundancia, nunca puse atención a la existencia de este personaje, aunque todo estaba enmarcado dentro del boom. Las editoriales saben su negocio, pero los lectores también conocemos el nuestro. No recuerdo a nadie de mis amigos haberlo mencionado y pudo ser, lo cierto es que a instancias de Cortázar fue reuniendo a sus autores, que provenían de la llamada “mafia” que se transformaría en el alma de este movimiento de lo sorprendentemente nuevo del género narrativo latinoamericano: Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Esta afirmación se desprende del propio Harss, durante una entrevista con el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. Una lectura ligera a las primeras páginas de Cien años de soledad salvaría a Gabriel García Márquez de las turbulentas aguas del boom y al propio Harss, autor de Los nuestros, donde incluyó en su arbitraria selección al colombiano junto a los mencionados, y agregó a Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier y João Guimarães Rosa.

    Los lectores éramos nosotros
    Quedaron fuera del selectivo y futuro canon, del club de la nueva literatura latinoamericana, José Donoso, José María Arguedas, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato y Cabrera Infante. Estas evidencias las reconoce Tomás Eloy Martínez en su entrevista, pero son realmente evidentes, aunque tienen sus explicaciones sobre el gusto y un poco “la ignorancia del autor”, quien es calificado como “el más famoso e influyente cronista latinoamericano” de fines de los sesenta. Harss reconoce su falta de lectura en distintas ocasiones durante su entrevista, de apreciaciones sobre la marcha, ser guiado por los propios autores y de apreciaciones absolutamente personales. Así se hacen estos libros, las antologías, y todo todo lo que demande una selección promedio, me parece.

    Los lectores, y, si éramos jóvenes en su momento, con más razón, y mucho más corazón, teníamos nuestro propio escenario con olfato y radar incorporado. En los prados del Pedagógico de la Universidad de Chile, pasillos, en las calles a la salida de las aulas, en los bares, donde surgiera una relación de amistad y hubiese el tiempo, se leían y comentaban páginas, fragmentos, absorbíamos el olor de la tipografía. Cada cabeza un mundo, lecturas sin manuales, al dente, Cortázar/Rayuela, García Márquez/Cien años de soledad, Vargas Llosa/La ciudad y los perros, Rulfo/Pedro Páramo.

    Un menú sencillo que, con el correr del tiempo, se iría agrandando: Onetti/Carpentier/Cabrera Infante. Borges flotaba con su propia aureola de príncipe inglés, nórdico, escandinavo, y muy argentino a pesar de él.

    Antes del boom
    Venía, como algunos, de leer a Neruda y toda la poesía que se iba desgranando del choclo de la gran poesía chilena, latinoamericana, española, francesa, inglesa, norteamericana. En el telón de fondo del boom quedaba Neruda en su escena de gran patriarca con su cabeza de tortuga mítica en Isla Negra, según lo reconocerían Cortázar, Fuentes y García Márquez. El habitante y su esperanza, escrito en 1926 por el autor de Residencia en la Tierra, es un punto de inflexión para algunos narradores y críticos literarios latinoamericanos. La visión de Borges sobre la novela y la narrativa, su postura, crítica, no es mera literatura para entender los antecedentes del boom. La época de los sesenta en adelante se inundó de novela, prosa, narrativa, sencillamente. El hueco de la poesía era profundo y cada vez más solitario, los escaparates le sonreían a la novela. Borges orientaba su propia sombra sobre el panorama literario latinoamericano con Ficciones y El Aleph, pero sería su poemario El hacedor el que lo lanzaría a la “fama”, al compartir el Premio Formentor con Samuel Becket, en 1961.

    El boom quedó en manos de cuatro escritores, a pesar de que Luis Harss había santificado a diez, sólo dos manos, entre cuyos dedos estaba Alejo Carpentier, quien sonaba como candidato al Nobel, pero no superaba la primera letra del abecedario de presentación para el futuro mentor del movimiento literario en ciernes. En su entrevista a Tomás Eloy Martínez, Harss le pone su lápida al autor de El reino de este mundo y Los pasos perdidos, dos novelas previas al boom, en sólo tres líneas: “No me gustó cuando lo conocí. Era untuoso, rimbombante. Me pareció un oportunista encabalgado en la montura de la revolución cubana. Un tipo muy pretencioso, pero erudito, musicólogo, historiador, un típico intelectual latinoamericano con aspiración a la trascendencia universal”.

    Fuera del boom
    Después el cubano se consagraría con Concierto barroco, El recurso del método y Consagración de la primavera, entre otros libros de su maciza y reconocida obra. Es difícil negar, pasar desapercibida una obra de la dimensión americana y universal, como la de Carpentier, musicólogo, arquitecto de los espacios y de la palabra.

    El chileno José Donoso, otro de los borrados del boom, a pesar de su cercanía con los capitanes del movimiento, a Harss siempre le pareció muy torpe como escritor. Herr Harss ha sido implacable, no sólo con estos dos escritores sino también con Cabrera Infante, que no llegó al reparto del boom, o Sábato, “de un dramatismo banal y estereotipado”. Al peruano José María Arguedas, un hombre quechua comprometido con la cultura de su tribu y antepasados, lo consideró un hombre “perdido en la vida” y también fue excluido. De paso, cuenta, en la reveladora entrevista, a Martínez que le da vergüenza de lo mal que Vargas Llosa trató a su compatriota autor de Los ríos profundos. “Vargas Llosa es un escritor apasionado”, lo califica Harss, “aunque algo mecánico a veces. Me parece poco permeable a las experiencias y realidades que están fuera de la cultura occidental”. Y agrega: “Sentí vergüenza al pensar que un escritor tan eminente pudiera tener una incomprensión tan grande de otro mundo dentro de su propio país. Claro: Vargas Llosa estaba en contra de cualquier indigenismo, pero Arguedas era más que eso. De todos modos, cuando escribí Los nuestros lo conocía mal. Aún hoy no sé qué hacer con un escritor como él…”.

    El retorno del cronista perdido
    ¿El boom en ese entonces era una mesa de tres patas? Harss armó su libreto y desapareció después de escribir Los nuestros, según leemos en la entrevista de Martínez “Luis Harss, el inventor del boom latinoamericano”. ¿Un título algo pretencioso, rimbombante, como alguno de los personajes descritos por Harss? El mérito, debemos reconocer, de la aparición del cronista Harss, desaparecido detrás de la fanfarria del boom, se lo debemos a Tomás Eloy Martínez, quien se lo sacó de la manga gracias al azar. Ni el mismísimo García Márquez, uno de los dos premios nobeles del boom, sabía del paradero del célebre Harss, y llegó a preguntar por él el día que el reino de España coronó en Cartagena de Indias al rey del realismo mágico. La pregunta en ese entonces quedó en el aire, reconstruyendo su propia atmósfera como un bumerán o boomerang perdido en el tiempo.

    Harss apareció en 2008 para sus lectores de la mano de Tomás Eloy Martínez, y al parecer ni se había arrugado después de escribir Los nuestros, más de tres décadas después. El autor de Santa Evita describe su encuentro fortuito en sólo dos líneas: “Si no me hubiera cruzado con él por azar en una calle céntrica de Buenos Aires una noche de octubre, sin duda lo habría perdido para siempre”.

    Harss, palabras más o menos de Martínez, en esos años, escribía sus propias ficciones en Mercersburg, un pueblito de dos mil habitantes, 120 kilómetros al sudoeste de Harrisburg, la capital de Pennsylvania. Esta entrevista que cito reiteradamente se llevó a cabo en Lancaster, una curiosa área alejada del mundanal ruido donde reinan los amish. Según cuenta Martínez, Harss tenía el mérito de haber escogido el mejor lugar perdido en la nada de Estados Unidos para ocultarse del mundo. Y al parecer el motivo no era otro que escribir su propia literatura, porque no se ocultaba, según cuenta más adelante Martínez, más bien “se sentía expulsado de su país, Argentina”. Con su novela La otra Sara o la huida de Egipto, Harss se estrenó en 1968, algo de lo que recién hoy me percato, que se transformó en “un inesperado fracaso y en el ostracismo de Harss”. El misterio de Harss estaba más o menos al descubierto, trabajó como cronista, traductor, profesor de secundaria y universitario, pero su oculto deseo era la novela. Después de Los nuestros, reeditado en varias ocasiones, tomado como referencia en Estados Unidos y Europa sobre el canon del boom, Harss, todo lo indica, sumó una colosal frustración narrativa de las dimensiones del Mississippi.

    ¿Un personaje de Bolaño?
    Ahora pienso que podría haber sido un magnífico personaje para Roberto Bolaño, y quizás decidió ignorarlo o no se le atravesó justo en el camino. ¿La ruta de la universalización de la novelística latinoamericana estaba en su propia ruta? Curiosamente fue un pintor argentino-japonés, Kazuya Sakai, quien le recomendó a Harss que visitara en París a Cortázar, y ahí partió la idea del boom, frase aún de autor desconocido y que algunos la identifican con Emir Rodríguez Monegal. La mafia estaba instalada en París, Cortázar, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, y se formaría lo más cercano a un “cártel de escritores”, con la ayuda de la editorial española Seix Barral, que toma como referencia la edición de La ciudad y los perros, 1962, como el lanzamiento del boom. Después ingresó a la escena el mayor olfato de la narrativa latinoamericana: Carmen Balcells. ¿Un boom latinoamericano cosechado en España? Historias debe haber mil, nosotros sólo leíamos, tomábamos apuntes de estos grandes fabuladores, ficcionistas renovadores de la lengua que usábamos “casi como un trabalenguas, contaminados por viejas lecturas provincianas”. Ya éramos unos simples cronopios.

    Fue un tiempo magnífico para la novela más allá de cualquier etiqueta, de norte a sur, cruzó toda la geografía de Latinoamérica, y algunos autores y obras ya son nuestros clásicos.

    El sorprendente retorno de Harss
    El inefable Harss, sepultado en la pedagogía y persistencia de sus propias ficciones narrativas, había salido de la escena pública desde el boom, retornaba en brazos del azar y de sus sombras, hace cinco años, en un encuentro fortuito con su entrevistador en Buenos Aires. La detallada conversación con el escritor Tomás Eloy Martínez reflejó en parte la cocina de Los nuestros y, como su autor, interpretaba las novelas y veía a sus autores sin anestesia. Un mérito de Martínez para hacer rodar el ovillo del boom, un movimiento que dejó grandes novelas del siglo XX en América Latina y en el habla castellana. Harss, tocado por la curiosidad cortazariana, había armado este puzzle para un género que atravesaba una gran crisis y en nuestra América renovaba el propio idioma español y una manera de contar las historias. No es poca cosa para los escritores y lectores que en definitiva tienen la última palabra. Es mentira que un manual, por bien escrito que esté, para guiar todas las lecturas de una generación y de las futuras, pueda resolver el tema del gusto, forma y contenido, el lenguaje que termina con la anécdota, la vida de los personajes estructurando el andamiaje de la novela. La novela, siempre he creído, es criatura camaleónica y de ella puede esperarse todo. Esa es su oxigenación.

    Sin embargo, y de eso no dan cuenta prácticamente los cronistas actuales, la poesía tuvo una notable influencia en autores del boom como Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, quienes en distintas ocasiones lo reconocieron de manera explícita y directa. Borges es más que un dato y también el peruano César Vallejo.

    El fantástico Juan Rulfo
    De la novela y el boom se ha dicho tanto, que ambos “estiraron la pata” en términos mortuorios chilenos, pero qué va, la historia es la historia y la novela es la novela. Repaso estas líneas mientras diluvia como en los tiempos de “Isabel viendo llover en Macondo” y así ocurren las escenas precipitándose como en un río profundo, caudaloso, sin fin. La novela latinoamericana, al parecer, tenía espalda, pero no nuevos ojos. No podemos dejar de citar y volverlo a hacer, si es necesario, al mágico y legendario, al humilde Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, sí, Rulfo, y su Pedro Páramo editado en 1955. La novela latinoamericana tenía mayoría de edad antes del boom. Realmente mágico y fantástico, Rulfo, un escritor apartado de los escenarios novelescos y de la novelería menor. Lenguaje preciso desde el alma de sus personajes y del interior del paisaje mexicano, ese que no borra el viento.

    Así, como un espectro rulfiano, volvió a aparecer, retornó a la escena del crimen digital, Luis Harss, y lo hizo un martes 13 de noviembre, un día después de que escribiera la primera parte de este artículo, una coincidencia extraordinaria en este mundo ubicuo de Internet. La misma foto que edité 24 horas antes, un Harss distraído, relajado, y concentrado en una lectura cuyo contenido desconocemos. Es la foto de un anuncio que hizo en la fecha el diario español El País, en una notable coincidencia con mi blog en el marco de una entrevista digital con el escurridizo, mítico, representante de la metáfora de un movimiento que el azar disparó hace 50 años, por poner una fecha de una historia difusa aún en las mejores memorias. Cuando le vi, me animé a enviarle una pregunta como solicitaba la mecánica del diario para establecer algún vínculo, siempre y cuando la pregunta superara el cedazo del rotativo madrileño. Una incógnita más para un personaje que se identifica con una X a resolver. “¿Qué piensa de que sea un chileno quien dio a conocer el boom y sea otro chileno, Roberto Bolaño, quien abra las puertas post boom?”. La pregunta entró en el laberinto kafkiano, borgeano, y se perdió en su propio eco. No pasó la prueba, pero Harss tuvo la oportunidad de referirse al menos a lo que considera su nacionalidad y definirse, además de sentirse “peleado con la Argentina”. Una manera indirecta de tocar parte del tema fue cuando dijo: “Nací en Valparaíso, Chile; crecí en Argentina, y ahora vivo en EE. UU. y soy norteamericano también. Además mi madre era de Nicaragua, y también tuve pasaporte nicaragüense. Pero realmente nunca me he considerado chileno, porque no me crié ahí ni tuve nunca documentos chilenos (salvo la partida de nacimiento). Una cosa rara, ¿verdad?”. Faltó añadir que descubrió el boom en París, gracias a Cortázar, quien era argentino, y seguramente hablaban un mismo lenguaje porteño. Uno de los padres del boom nació en Panamá, Fuentes, y otro en Bélgica, Cortázar. Ninguno de los dos dejó de ser latinoamericano.

    Ni chilenos ni cubanos
    Siempre le sobró el chileno Donoso y no le agradaron los cubanos, Carpentier y posteriormente Cabrera Infante, dos escritores que no necesitan mucha presentación.

    Harss, interrogado sobre si congenió o no con Carpentier, dijo: “Se puede decir que Carpentier pertenecía a esa raza de escritores que se consideraban a sí mismos como eminencias por su posición política y social. Esa época terminó, y los escritores más jóvenes son más escritores, más humildes. Yo congenié relativamente con varios”.

    Cuando Harss conoció a Carpentier, ya había escrito reconocidas obras y ensayos musicales, tres novelas fundamentales de la novelística latinoamericana y en idioma español que antecederían a otras tres grandes novelas del cubano. Tal vez aún no se da cuenta, porque en una de sus respuestas reitera, como en la entrevista con Tomás Eloy Martínez, que no está al día en la novelística latinoamericana.

    La pregunta que pasó el cedazo de El País es la siguiente: “Buenos días, Luis. De chileno a chileno, ¿quién le parece es el mejor novelista chileno? Un saludo cordial”. “No estoy demasiado al día, pero diría que probablemente es Roberto Bolaño. Fue un escritor muy curioso, que en realidad escribió poesía en prosa. Y es un descendiente de Cortázar en su sentido del humor, de los absurdos. Pero en el momento del boom siempre se citaba a José Donoso, aunque personalmente no era mi favorito. En el momento del boom no existía Bolaño, un autor incómodo para los sobrevivientes del boom, ya que sólo Vargas Llosa se refirió a él; los demás, fuera de los muertos, lo ignoraron, y de preferencia Carlos Fuentes, un acucioso lector, historiador y estudioso de la novelística latinoamericana y mundial. Se saltó a Bolaño con una verónica: “No lo he leído, lo haré cuando pase el efecto post Bolaño”. Todos sabemos que no será posible ahora, aunque queda la duda de si lo leyó en su tiempo y esperemos que sí, porque Los detectives salvajes es una de las mejores novelas sobre México, entre otras cosas. Bolaño fue, además, un parricida obsesivo, a tiempo completo, y consecuente con su manera de ver y hacer literatura. A Bolaño le ha pasado lo que García Márquez, son dos escritores leídos y que han “triunfado” en Estados Unidos.

    Y también se dijo en este encuentro digital lo más parecido a un gazapo literario, cuando Harss resolvió esta pregunta: “¿Cuál cree usted es el escritor que se ha dejado de lado en el boom siendo opacado por las grandes figuras literarias que se mantienen con el pasar del tiempo?”. “Se podría citar a Juan José Sáez, un escritor argentino que ha vivido toda la vida en Europa. Es muy leído y muy conocido, pero él en esa época pasó desapercibido. Salvador Garmendia, venezolano, también fue muy leído en esos años y después no sé qué pasó. Siempre hay mucha gente que por una razón o por otra no amanece en el momento exacto”. El escritor citado es Juan José Saer, no Sáez, quien no había escrito nada importante en la época del boom. A Garmendia lo conocí en Chile, ya había escrito Los pequeños seres, una novela de tinte filosófico camusiano, sartreano, escrita con una prosa punzante.

    En esta segunda aparición, Harss responde sobre un boom aparentemente masculino, el porqué y sus causas. “En esa época había excelentes poetas y también mujeres que escribían muy buenos cuentos, pero yo no conocí ninguna mujer novelista que estuviese al nivel de los autores del boom“. Ciertamente, nunca apareció una novelista en Las nuestras. ¿La novela es masculina? ¿Tiene pantalones la narrativa? ¿La prosa es para los próceres de la novela? Dicen que a Harss se le escapó una brasileña de su lista del boom. ¿No la conocía, ni él hablaba portugués? Clarice Lispector es su nombre, según Martínez. Nació en Ucrania. Sinceramente, aún no la conozco. “La literatura brasileña es un secreto para los latinoamericanos. Algún día la conoceremos”. Jorge Amado es una excepción en idioma castellano, Carlos Drummond de Andrade y João Guimarães Rosa.

    El pianista de la memoria
    En este pentagrama virtuoso que nos toca el autorizado Harss con sus líneas rectas horizontales y equidistantes, asoma en el olvido, vital y renovada, la figura, siempre ignorada por el gran público, del uruguayo Felisberto Hernández. “Felisberto se me murió [el 13 de enero de 1964] poco antes de que me pusiera a trabajar en el libro. Me hubiera encantado entrevistarlo”, reveló Harss a Martínez. ¿Era necesaria la entrevista para incluir al pianista Hernández? ¿Era tan original Felisberto que le sobraba al boom de Harss? ¿Un Proust uruguayo lejos de la tradicional lata de sardina de América Latina? Hernández se instala en Montevideo y en sí mismo. Trabaja con la memoria proustiana, los sueños kafkianos, cada palabra toca su propia tecla. ¿Por qué lo dejó ir, Herr Harss? FH en sí mismo es un personaje extraordinario, novelesco, un feroz anticomunista que se casó, sin saber, con la española África de las Heras, republicana y agente de la KGB, quien se desempeñó en esas funciones en Montevideo. Se casó seis veces, bajo la teoría quizás del acierto y del error. Una combinación casi perfecta y fantástica de la realidad. Las cenizas de Hernández, qué personaje enigmático, nadie sabe dónde quedaron. ¿Todo se borró, Harss? A mí FH me ha hecho una desconocida. Llevo días buscando una edición de Casa de las Américas, una joyita de sus cuentos. Es el único libro que no aparece en mi biblioteca. ¿Qué pensará FH? ¿Un reconocimiento tardío? Yo lo admiro hace muchos años. No es excusa, aparezca, hombre, y después vuelve al piano.

    Para Italo Calvino, Hernández no se parecía a nadie en Europa ni en América Latina. ¿El fantasma de Felisberto asustó a Harss? ¿Qué estaría pasando en el boom de la cabeza de Harss? ¿No le bastó que Hernández tocara piano en salas de cine mudo? ¿No fue suficiente esa prueba de humildad y humillación?

    Cada lector se seguirá pasando su propia película del boom, alguien ya se proclamó el último sobreviviente operativo. Cincuenta años para la novela es poco tiempo si pensamos en Don Quijote de La Mancha como libro clave del género tal y como lo conocemos en español. Definitivamente el boom existió, ocurrió en nuestro tiempo. Las novelas se escribieron y fueron leídas. Como ocurre con estos fenómenos literarios, los aciertos, la arbitrariedad, el olvido, los gustos, la mala leche, todo aflora en un mismo circuito. Las aguas tienden, con el tiempo, a encauzarse de manera natural, y es el lector quien finalmente tendrá la palabra. El riesgo es el fomento de la banalidad, los lanzamientos brujos para lectores incautos, la fuerza demoníaca que ha adquirido el mercado. La crisis editorial que vende lo que sea. No están todos los que son y ese es un acierto de un tiempo literario que rompe una época que resuena con su eco de otro tiempo, es tambor y hojarasca de nuestros días. ¿El boom tiene espuelas propias? Cada jinete monta, cabalga y desmonta su caballo. Así también los lectores. La escritura y la lectura son un trabajo solitario. Cada quien con su propio espejo. Los repasos de la historia son también los laberintos de la memoria. Los hechos también tienen su infancia, nacimiento, y el tiempo transcurrido nos permite reordenarlos, armarlos de una y otra manera. Las listas siempre son selectivas, como las antologías, las inscripciones aristocráticas. A veces, un elefante queda por fuera de una lista de animales. Los elefantes, como cualquier otro ser vivo, acuden también a sus cementerios. En sus pliegues quizás van los años como páginas pasadas y releídas. He vuelto a revisitar Rayuela, y son los personajes los que hacen las novelas. La Maga es uno de mis favoritos. De vez en cuando cita uno de mis poemas. Eso presiento.

    Rolando Gabrielli

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